Cuando el agua falta.

¿Alguna vez subiste un cerro y te quedaste sin agua? Si te ha ocurrido, y sin importar los motivos, sabes que es una situación crítica porque cada paso que das sediento es una decisión que tomas para sobrevivir, y en ese contexto, cada paso es un desgaste físico y requiere fortaleza interna. Con la sequía y la desertificación las comunidades viven más o menos lo mismo: cada día se desgastan y se fragmentan, caminan con incertidumbre y con miedo, el miedo de no llegar al final del camino.


Primero, aclaremos brevemente dos conceptos. La sequía es la disminución de las lluvias en algunas zonas respecto a registros anteriores, causando desequilibrios medioambientales, mientras que la desertificación es la degradación del suelo fértil y productivo en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas (no tiene que ver con el avance del desierto). Esta última tiene sus causas arraigadas en aspectos medioambientales y antrópicos, como la sobreexplotación del suelo, la deforestación, extractivismo, sequías prolongadas, entre otras, y ha generado controversia en todos los niveles, en parte por las profundas y negativas consecuencias que tiene, pero también por lo ‘difusa’ que se ha vuelto la búsqueda de responsabilidades y soluciones a este problema.


No hay agua y el suelo se degrada. La región de Coquimbo lamentablemente se ha visto enfrentada a una situación extrema de escasez hídrica y está teniendo efectos territoriales preocupantes y urgentes de atender. En el contexto rural regional, la sequía ha provocado una disminución de la producción agropecuaria principalmente en el hinterland de la región, más arriba de los embalses. De esta forma, el ciclo laboral se rompe y las personas deben migrar en busca de nuevas opciones laborales, en especial en aquellos sectores alejados donde no existe una gran diversificación de la actividad económica. La migración provoca una desarticulación de las comunidades, y consigo quiebra vínculos sociales y también prácticas, tradiciones y costumbres asociadas al agua. Las sociedades siempre se han ubicado en torno al recurso hídrico porque es necesario para vivir, pero también para mantener la seguridad alimentaria, actividades culturales, sociales, económicas... Simplemente, sin agua nada funciona y menos si el suelo (y el territorio) no se maneja de forma sustentable.


Apremia que la región de Coquimbo reflexione sobre este tema y visibilizar la situación de muchas comunidades, que alejadas de los centros poblados más globalizados y grandes, sufren en su cotidianidad efectos de estos procesos territorialmente más grandes. Asimismo, se necesita ser crítico y estricto con aquellas instituciones y personas que concentran el agua y que mantienen la producción sin importar las consecuencias en el ecosistema, así como la responsabilidad del aparato público que se expresa a través de las estructuras políticas y los instrumentos que ya no se ajustan a la realidad.


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Foto: Norma Vergara.

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